Viernes J de 3 de 2026

Hoy es Viernes 13 de Marzo de 2026 y son las 15:04 - Hola

  • 26.7º

TUCUMÁN

13 de marzo de 2026

Por qué La Madrid se inunda cada vez más: un problema de 80 años que combina geografía, desidia y planificación ausente

El pueblo del sur tucumano volvió a quear bajo el agua, como en 1944, como en los 90, como en 2017. El río Marapa, el terraplén del tren, la ruta 157 y la falta de pendiente convierten a la localidad en un recipiente sin salida. Un estudio de la Universidad Nacional de Tucumán plantea rezonificar el ejido y adaptar las casas para que el agua pase sin destruirlo todo.

Miles de evacuados, barrios enteros bajo el agua, familias durmiendo a la vera de la ruta. La postal de La Madrid en marzo de 2026 es la misma que se repitió en 2017, en los años noventa y ya en 1944, cuando el "Desborde del Gigante" encendió la primera alarma. Detrás de la tragedia no está solo la tormenta excepcional, sino un cóctel de decisiones urbanas, condiciones geográficas adversas y décadas de respuestas a medias que convirtieron a esta localidad del sur tucumano en una enorme pileta sin desagüe. Para entender el drama hay que retroceder hasta la fundación misma del pueblo y mirar con otros ojos el paisaje que lo rodea.

La historia de La Madrid es la historia de un error de origen. El pueblo creció alrededor de la vieja estación del ferrocarril, en el corazón de una llanura que funciona como el fondo de un embudo geográfico. Las montañas de Catamarca y el oeste tucumano descargan sus aguas en el río Marapa, que baja con fuerza hasta llegar a esa planicie. Allí, al perder velocidad abruptamente, el río deposita todo lo que arrastra: piedras, sedimentos, tierra. Durante décadas, ese proceso fue elevando el lecho del cauce hasta dejarlo prácticamente a la altura de las calles del pueblo.

Pero el problema no es solo el río. El crecimiento urbano quedó encajonado entre dos infraestructuras que, paradójicamente, funcionan como diques invertidos: el terraplén de las vías del tren y la Ruta Nacional 157. Cuando el agua baja de las sierras o el río se desborda, el líquido entra al pueblo, pero luego no puede salir. Queda atrapado entre esas dos barreras, convirtiendo a La Madrid en lo que los especialistas describen como una enorme pileta sin desagüe. El terreno, extremadamente plano, impide que el agua escurra por sí sola.

A esto se suma un fenómeno típico del sur tucumano: las cuencas compartidas. Muchas veces el pueblo se inunda aunque no haya llovido una gota sobre sus techos. Las precipitaciones en las zonas altas de Catamarca bajan por ríos y canales que terminan descargando toda su furia en esa llanura indefensa.

Ochenta años de historia anegada

El primer gran registro data de 1944. Aquel año, el "Desborde del Gigante" mostró la fragilidad de la región. En los años setenta y ochenta llegaron algunas respuestas parciales: canales de contención, defensas. Pero el tiempo, la falta de mantenimiento y la acumulación de sedimentos las volvieron obsoletas.

El avance agrícola también tuvo su cuota de responsabilidad. El desmonte de miles de hectáreas de bosque nativo eliminó la capacidad natural del suelo para absorber el agua. Cada vez que llueve, el líquido corre más rápido y con más volumen hacia el pueblo.

Las grandes inundaciones de los años noventa dejaron imágenes que todavía forman parte de la memoria colectiva: familias enteras durmiendo sobre la Ruta 157, el único lugar relativamente alto y seco. En abril de 2017, la presión del agua fue tan grande que las autoridades debieron romper tramos de la ruta con máquinas pesadas para que el líquido pudiera escapar. Hoy, en 2026, la historia se repite.

La propuesta que viene de la universidad

Frente a este escenario recurrente, un grupo de arquitectos de la Universidad Nacional de Tucumán elaboró entre 2020 y 2021 un estudio que cambia la mirada sobre el problema. Javier Ruiz, Nicolás Real, Facundo Vázquez y Juan Far partieron de un diagnóstico contundente: no alcanza con canales ni con defensas. Hay que repensar cómo se ocupa el territorio.

El proyecto propone una rezonificación del pueblo en tres áreas, como un semáforo. Las zonas verdes serían los sectores más seguros para habitar. Las amarillas, de riesgo intermedio, admitirían viviendas adaptadas a las crecidas. Las rojas, en cambio, deberían dejar de ocuparse de manera progresiva.

Los autores saben que trasladar todo el pueblo es inviable por el arraigo de sus habitantes. Por eso plantean una relocalización gradual de las familias que viven en los puntos más críticos hacia sectores más altos del norte del ejido urbano. Para las zonas intermedias, proponen una arquitectura adaptativa: casas construidas sobre pilares o con planta baja libre, para que el agua circule durante las crecidas sin provocar pérdidas totales.

El enfoque parte de aceptar una realidad geográfica incómoda: la llanura donde se asienta La Madrid seguirá inundándose periódicamente. En lugar de intentar domar al río con obras faraónicas, se trata de reducir el impacto sobre la vida de los habitantes.

El debate vuelve a aparecer cada vez que el agua regresa. Mientras no exista una solución estructural que combine planificación urbana, obras hídricas y adaptación territorial, el pueblo seguirá enfrentando la misma amenaza: la de vivir permanentemente dentro de una gran pileta natural formada por su propia geografía.

COMPARTIR:

Comentarios