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29 de marzo de 2026

Presión alta: mitos sobre los hábitos saludables y la verdad sobre la hipertensión progresiva

La enfermedad puede avanzar incluso en personas que se cuidan. Especialista en nutrición e inmunología detalla la importancia del endotelio, el riñón y la diferencia de presión entre ambos brazos como señal de alarma.

La hipertensión arterial continúa posicionándose como una de las amenazas silenciosas más extendidas del planeta. Según el último relevamiento de la Organización Mundial de la Salud correspondiente a 2024, unos 1.400 millones de adultos entre 30 y 79 años viven con esta condición, lo que representa exactamente un tercio de la población global de ese grupo etario. De ese total, dos de cada tres residen en naciones de ingresos bajos o medios, y apenas uno de cada cuatro logra mantener la afección bajo control.

Lejos de tratarse de un simple efecto del envejecimiento o de los excesos en la mesa, la hipertensión es una enfermedad progresiva que, una vez instalada, no se detiene ni se revierte. Así lo advirtió Fernanda Montes de Oca, médica clínica con especializaciones en nutrición e inmunología avanzada, en diálogo con Infobae. “Una vez que la tienes, la puedes hacer más lenta, pero no la puedes detener, no la puedes revertir. Es difícil llegar a cero”, sentenció la profesional.

El carácter complejo de esta patología radica en que su avance no depende exclusivamente de los hábitos del paciente. Incluso personas que siguen una alimentación equilibrada, realizan actividad física y cumplen con las indicaciones médicas pueden experimentar una evolución desfavorable. La explicación, según Montes de Oca, se encuentra en los cambios estructurales que el propio trastorno genera en el sistema circulatorio.

Cuando el flujo sanguíneo se vuelve turbulento

En sus etapas iniciales, la hipertensión se manifiesta como un problema funcional. Con el tiempo, sin embargo, modifica la anatomía de arterias y venas: las paredes se vuelven más rígidas, el paso de la sangre se dificulta y el conjunto del aparato circulatorio comienza a operar con menor eficiencia. “La presión arterial no empeora solo porque el paciente ‘no se cuida’. Empeora porque es una enfermedad que, una vez iniciada, modifica la estructura del sistema que la regula”, puntualizó la médica.

Uno de los protagonistas centrales de este proceso es el endotelio, esa capa interna que recubre los vasos sanguíneos. Lejos de ser un simple revestimiento pasivo, el endotelio funciona como un órgano activo: genera señales inflamatorias y antiinflamatorias, y produce óxido nítrico para dilatar los vasos y facilitar el flujo. Cuando se lesiona, pierde esa capacidad reguladora. “La hipertensión es una lesión endotelial”, resumió Montes de Oca.

La médica explicó además que, en condiciones normales, la sangre circula en capas ordenadas y silenciosas. Pero cuando los vasos se endurecen o su diámetro se altera, el flujo se torna turbulento. Ese cambio mecánico daña aún más el endotelio, generando un círculo vicioso que eleva progresivamente la presión y deteriora la salud vascular.

El riñón: un aliado que termina alimentando el problema

El organismo funciona como una red de órganos interconectados. En ese entramado, el riñón cumple un papel crucial. Al percibir que algo falla en la perfusión o el suministro de oxígeno, intenta compensar liberando angiotensina II, una hormona que produce vasoconstricción y retención de sodio. Si bien esa respuesta busca mantener el flujo sanguíneo, a la larga termina alimentando el ciclo de la hipertensión.

Este fenómeno se comprende mejor con la ley de Poiseuille, recordó la especialista: la resistencia al flujo depende del radio del vaso elevado a la cuarta potencia. Una mínima disminución del diámetro de un vaso genera un aumento considerable de la resistencia, y el corazón debe bombear con mayor fuerza para que la sangre avance. De allí que la hipertensión golpee con especial crudeza a la microvasculatura.

Diagnóstico, tratamiento y la revolución de los dos fármacos

Ante una persona con presión elevada, el primer paso es descartar la llamada pseudoresistencia. Montes de Oca enumeró las causas posibles: una técnica incorrecta al medir la presión, una mala adherencia al tratamiento o dosis subóptimas de los medicamentos. “Revisar cómo se está midiendo uno la presión, la adherencia, ver que sí se esté tomando el fármaco cuando tiene que ser. Revisar dosis de fármaco, porque a veces las dosis son subóptimas”, detalló.

Si después de corregir esos puntos la hipertensión persiste, hay que buscar causas secundarias, como alteraciones hormonales. En cuanto al abordaje terapéutico, las guías clínicas han dado un giro significativo. Ya no se recomienda empezar con un monofármaco. “Lo ideal es empezar con dos fármacos en una sola pastilla, para que no sea como que te tienes que tomar veinte pastillas, sino una y que actúen en diferentes partes del sistema”, explicó la médica.

¿Se puede revertir con cambios de vida? Depende

La pregunta sobre si es posible eliminar por completo la hipertensión mediante hábitos saludables no tiene una respuesta única. “Depende de cada persona”, afirmó Montes de Oca. Puso ejemplos concretos: pacientes que dejaron de fumar y normalizaron su presión; otros que mediante dieta y ejercicio lograron suspender la medicación. “Si la causa de tu hipertensión es por resistencia a la insulina, una vez que curas la resistencia a la insulina, no necesitas la medicación”, señaló. No obstante, advirtió que incluso en esos casos favorables queda una advertencia: si se abandonan los cuidados, la presión volverá a subir. También mencionó que existe una predisposición genética: hay personas fumadoras, con resistencia a la insulina y sedentarias que nunca desarrollan hipertensión, mientras que otras sí.

Entre los factores modificables, la especialista destacó el ejercicio cardiovascular como una de las intervenciones más eficaces, tanto para prevenir como para reducir las cifras de presión. El estrés, por su parte, activa el sistema neurohormonal y puede sostener valores elevados de manera crónica. El tabaco es, según su análisis, el factor de riesgo modificable de mayor peso, seguido por el sobrepeso. También mencionó amenazas menos evidentes, como la apnea del sueño, enfermedades renales incipientes y el uso de ciertos fármacos (antiinflamatorios no esteroideos y anticonceptivos hormonales, entre otros).

Consejos prácticos y una advertencia sobre la diferencia entre brazos

Para obtener un diagnóstico confiable, Montes de Oca aconsejó realizar múltiples mediciones a lo largo de una semana, en distintos momentos del día, y registrar los resultados. La primera vez, conviene tomar la presión en ambos brazos. “Una diferencia mayor de 15 mmHg debe hacer pensar en enfermedad vascular subyacente”, alertó.

Finalmente, la médica subrayó la importancia de que los pacientes comprendan a fondo su tratamiento. “Soy partidaria de que expliquemos a nuestros pacientes a profundidad. Cuando uno entiende las cosas, puede modificarlas más”, expresó. En un contexto de medicina cada vez más personalizada, la evaluación de causas secundarias en casos resistentes y la adaptación del enfoque a cada persona se vuelven herramientas clave para frenar el avance de esta enfermedad silenciosa pero implacable.

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