POLITICA
5 de abril de 2025
Convicciones intactas... y el radicalismo roto

La UCR prefiere dividirse antes que construir una alternativa real para derrotar al oficialismo.
En Tucumán, hay certezas inquebrantables: el verano será sofocante, la luz se cortará sin aviso y la UCR se dividirá en varias facciones. Es una tradición tan arraigada que podría enseñarse en las escuelas junto a la historia de la independencia. ¿Y qué mejor manera de honrar esa costumbre que con la reciente ruptura del bloque “Valores por Tucumán”?
La legisladora Silvia Elías de Pérez decidió que José Seleme debía ser excomulgado del espacio porque osó pensar en una oposición que pudiera ser competitiva para las próximas elecciones y fortalecerla para el 2027. Su delito imperdonable: acercarse a La Libertad Avanza con la idea de unir fuerzas para destronar al oficialismo que gobierna Tucumán hace más de 20 años. Pero no, eso es demasiado disruptivo. Es preferible mantener la pureza ideológica antes que ganar elecciones.
Después de todo, no hay peor enemigo para un radical que otro correligionario. Tienen una vocación enorme por sabotearse entre ellos, como si la competencia interna fuera más importante que enfrentar al peronismo que lleva dos décadas en el poder. Es así como, mientras afuera se habla de frentes amplios, adentro se dedican a cortar cabezas.
¿Un ejemplo? A Mariano Campero lo echaron de la UCR por seguir la línea del gobierno de Javier Milei. La pregunta que nos hacemos ahora es: ¿qué harán con la intendenta de Bella Vista, Paula Quiles, y Sebastián Salazar, quienes se reunieron con el presidente de La Libertad Avanza Tucumán, Lisandro Catalán? ¿También les tocará la purga o aplicarán el doble estándar tan típico de la política vernácula?
Y mientras tanto, los radicales siguen haciendo lo que mejor saben hacer: dividirse.
Esta semana vimos el nacimiento de una nueva línea interna de la UCR. Porque claro, nunca hay demasiadas. Si algo distingue al radicalismo tucumano es su capacidad infinita de fragmentación. Algunos aún creen que esta dinámica es enriquecedora, pero el electorado, que cada vez se siente menos identificado con ellos, ya está agotado de verlos jugar al juego de la silla y patalear en bancas que no sirven de nada.
Las grandes estrategias radicales se diseñan en cafés, entre medialunas y algunas tostadas. Pero cuando llega el momento de la acción, prefieren destrozarse entre ellos en lugar de construir una alternativa de poder.
Así, siguen ocupando bancas irrelevantes, por ejemplo, en una Legislatura donde el oficialismo tiene mayoría, sirviendo solo para hacer discursos encendidos de indignación y demostrar una moralidad que desaparece mágicamente cuando se trata de hacer “amistades convenientes” con el peronismo. Esas no se rompen, se fortalecen en las sombras.
Lo que alguna vez fue Juntos por el Cambio en Tucumán, hoy es un espejismo. Quienes los votaron ven cómo sus representantes priorizan sus intereses personales sobre los suyos. Ante las cámaras, se muestran impolutos y firmes en sus principios, pero en la trastienda, hacen lo necesario para mantenerse cómodos en la política.
Hace poco, circuló en redes una imagen con la frase: “Convicciones intactas. Compromiso real. Tucumán nos necesita juntos”. Un mensaje que, en la práctica, es más bien un chiste de mal gusto. Las convicciones son un accesorio de campaña, el compromiso es exclusivamente con lo personal y lo único intacto es la incapacidad de la oposición para unirse.
Así, la UCR sigue alejándose de la gente que alguna vez la votó. Sus dirigentes han encontrado su destino: pelearse entre sí, desgastarse en internas interminables y, cuando todo fracase, conformarse con un asiento sin relevancia, donde podrán seguir pataleando con discursos encendidos hasta su jubilación. Todo sea por la causa.
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