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TUCUMÁN

14 de marzo de 2026

Una escuela aislada, una madre desesperada y una noche que nadie va a olvidar

El temporal atrapó a un grupo de docentes en la escuela Juana Manso de El Cevilar. Entre la angustia, el miedo y los gestos de solidaridad de los vecinos, emergió una historia que retrata la verdadera vida de los docentes tucumanos.

A veces uno quiere escribir una nota periodística que toque el corazón. Encuentra la historia, encuentra a los protagonistas, pero la tecnología, el destino o la simple mala suerte juegan en contra.

El miércoles, después de haber pasado toda la mañana hablando con distintos contactos para intentar ubicar a algunos de los docentes que habían quedado varados en la escuela Juana Manso, en El Cevilar, finalmente conseguí el teléfono de Dolores, una de las profesoras que había quedado encerrada en el establecimiento cuando el temporal azotó la zona y dejó aislada a toda la escuela.

Hablé con ella durante más de 22 minutos. Mientras la escuchaba, me emocioné con lo que me contaba. También me indigné. Sentía que tenía entre manos una historia necesaria, una de esas historias que sirven para mostrar cómo viven y cómo trabajan muchos docentes tucumanos lejos de los discursos oficiales.

Pero por esas cosas inexplicables que a veces pasan, perdí toda la grabación de la entrevista. No sé qué ocurrió. Simplemente desapareció.

Por eso voy a intentar reconstruir, de memoria, todo lo que Dolores me contó, esperando no olvidar detalles importantes. Ojalá pueda transmitir, aunque sea en parte, la emoción con la que ella relató lo que vivió esa noche.

Dolores es docente del nivel secundario y trabaja en distintos establecimientos educativos. Uno de ellos es la escuela Juana Manso, ubicada en El Cevilar, una pequeña comunidad sobre la Ruta 9, cerca de El Bracho. La escuela queda unos dos kilómetros hacia el oeste de la ruta. Es una zona muy humilde donde muchos vecinos dependen de trabajos ocasionales vinculados a la comuna o de changas.

El martes, Dolores llegó a la escuela alrededor de las 14.30. Poco después, cerca de las 15, comenzó a llover con fuerza.

Al principio fue una lluvia más. Pero rápidamente se transformó en un temporal.

La situación empezó a complicarse en cuestión de minutos.

Los docentes decidieron que lo mejor era enviar a los alumnos de regreso a sus casas, porque el camino comenzaba a inundarse. Un colectivo fue a buscarlos y logró retirarlos del lugar. Dolores no supo precisar si el vehículo lo pone a disposición el Gobierno provincial o la comuna, pero lo importante es que los chicos pudieron salir.

El chofer, sin embargo, les advirtió a los docentes que no intentaran irse por sus propios medios. Les dijo que el camino estaba muy complicado y que con sus autos sería imposible salir.

En ese momento comenzaron a asumir que quizás tendrían que pasar la noche en la escuela. Llamaron a sus familias para avisarles lo que estaba pasando e intentaron comunicarse con autoridades para informar la situación y pedir ayuda. Afuera, mientras tanto, la lluvia seguía cayendo.

Una de las docentes que estaba con Dolores era Sofía, madre de una joven con discapacidad que en ese momento estaba al cuidado de una tía. Su hija la llamaba constantemente para saber cómo estaba. Cada llamada aumentaba la angustia.

La angustia terminó apoderándose de Sofía quien, desesperada, tomó la decisión extrema de salir caminando bajo el aguacero rumbo a la ruta, atravesando un camino completamente cubierto de agua.

Sus compañeros intentaron detenerla y contenerla, pero no pudieron. Quedaron angustiados al verla marcharse en esas condiciones, avanzando con el agua hasta la cintura hasta perderse en la oscuridad.

No se sabe con exactitud a qué hora llegó. Pero logró alcanzar la ruta y, finalmente, regresar a su casa.

Mientras tanto, la noche avanzaba y el miedo empezaba a sentirse dentro de la escuela.

El agua que ingresaba por los resumideros provocó que comenzaran a aparecer alacranes y víboras dentro del edificio, los cuales tuvieron que matar. Los docentes, incluso, tuvieron que ingresar los autos al patio de la escuela para tratar de preservarlos.

En medio de esa situación, algunos vecinos que viven a unos cien metros del establecimiento, en medio del temporal y caminando, se acercaron para ayudar. Les llevaron comida, café y tortillas al rescoldo. Pequeños gestos de solidaridad en medio de una noche que parecía no terminar nunca.

También les advirtieron que, probablemente, tendrían que pasar toda la noche allí porque los caminos estaban completamente inundados.

Finalmente, ya pasada la medianoche, llegaron los bomberos y la policía para socorrerlos.

Dolores logró regresar a su casa cerca de la una de la madrugada. Llegó angustiada, pero con la tranquilidad de poder abrazar a su familia. Algunos de sus compañeros tardaron aún más en llegar. La angustia, el miedo y el cansancio los atravesaron a todos.

Pero la historia de Dolores no termina en esa noche.

Como muchos docentes tucumanos, tiene que trabajar en varios establecimientos para poder vivir. Con mucho esfuerzo logró comprar su vehículo, que utiliza para trasladarse entre las distintas escuelas donde da clases. Ese mismo auto fue el que decidió dejar resguardado en la escuela aquella noche del temporal.

Dolores también me contó que en otra escuela donde trabaja, muchas veces, debe limpiar las aulas antes de comenzar a dar clases porque las condiciones del edificio son deplorables.

Aun así, cuando habla de su trabajo, se emociona.

Me dijo que, pese a todo —los salarios, las condiciones de trabajo, las distancias y los sacrificios—, lo más gratificante sigue siendo el cariño de los chicos. El abrazo de los alumnos. La devolución que reciben de quienes educan todos los días.

Historias como la de Dolores muestran la realidad que atraviesan muchos docentes tucumanos,�hombres y mujeres que recorren kilómetros, que trabajan en condiciones difíciles, que enfrentan frío, calor o tormentas para cumplir con su tarea.

Docentes que, además, deben escuchar a funcionarios que distorsionan la realidad de sus salarios o minimizan las dificultades que enfrentan.

Lo que ocurrió esa noche en la escuela Juana Manso expone, con crudeza, esas condiciones.

Una madre desesperada caminando bajo la lluvia por un camino inundado para volver con su hija. Un grupo de docentes esperando ayuda en medio de un temporal.
Alacranes y víboras apareciendo dentro de la escuela. Vecinos acercando comida para que puedan resistir la noche.

Historias que contrastan con los discursos oficiales.

Lamento profundamente haber perdido la grabación de la entrevista con Dolores. Me hubiera gustado que sus propias palabras transmitieran con más fuerza todo lo que vivió.

Le pido disculpas por ese error y le agradezco haber confiado en mí para contar su historia.

La abrazo con el corazón porque vengo de una familia docente, y sé lo que significa esa vocación.

Ojalá las autoridades provinciales comiencen a entenderlo, a dejar el relato lejano de la realidad que enfrentan todos los días los docentes tucumanos y a tratarlos con la dignidad que merecen.

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